Presentació

Baraka és una paraula d’origen àrab que significa alè vital, pura energia de vida, gràcia divina. Es diu que hi ha llocs amb una baraka especial. Entre ells, la música. La música és la bellesa l’allò més primordial que nia en nosaltres. En el batec del cor hi ha el ritme. En la respiració, la melodia. I en la relació amb tot allò que ens envolta, l’harmonia.

La música, com el perfum, és presència intangible. Entrar en ella és entrar en un espai preciós en què allò que és subtil pren cos, i on allò que és tangible esdevé subtil. Segons Mowlânâ Rûmî, la música, com el perfum, ens fa comprendre que vivim exiliats en aquest món, i alhora ens recorda allò que sabem i no obstant hem oblidat: el camí de retorn vers el nostre origen, vers casa nostra.

Habitar aquest espai preciós no pot fer-se només des de la raó. Aquest coneixement delicat i potent ha de ser degustat, encarnat, i per això Mowlânâ va ballar i va ballar, i va girar i girar i girar. D’aquest espai preciós de presència intangible és del què ens parlen els autors reunits en aquest blog. En un món com el que ens ha tocat viure, en què tantes velles estructures inservibles s’enfonsen, és responsabilitat de cadascú de nosaltres agafar-nos fort a aquells qui ens han indicat el camí, intentar comprendre´n els indicis, descobrir-ne les petjades ... i començar a girar.

Sigueu més que benvinguts a Baraka,

Lili Castella

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dilluns, 22 de setembre de 2014

Ostad Elahi


Ostad Elahi:
el entrenamiento de un músico
 
Leili Castella
 

Es bien conocida la importancia que el Islam concede al cuerpo: sólo hay que recordar la gestualidad de la salât, la plegaria que los musulmanes realizan cinco veces al día y a través de la cual caligrafían con su cuerpo la oración. Asimismo, las distintas órdenes sufíes no buscan sino encarnar la dimensión interior del Islam, siendo los derviches mismos, y por tanto también su propio cuerpo, el lugar por excelencia de su búsqueda: así por ejemplo Mawlânâ Rûmî (m. 1273), fundador de la tarîqa mevleví, consideró la danza del giro como una vía de conocimiento espiritual, y la tarîqa naqshbandí, exploró el poder alquímico de la respiración  para transformar nuestro ser en un cuerpo de luz. No hay duda alguna pues, de que la tradición espiritual islámica atesora un detalladísimo y afinadísimo conocimiento de los mapas físicos y sutiles del cuerpo humano.

Es en este contexto en el que nos gustaría presentar la figura de Nûr ‘Alî  Elahi (1895-1974), más tarde conocido como Ostad (Maestro) Elahi, hombre con un destino singular y al que dedicaremos más de una entrada en nuestro blog. Nûr ‘Alî nació en el Kurdistan iraní, en el seno de la comunidad de los Ahl-e haqq [1], en una familia dedicada en cuerpo y alma al cultivo de la espiritualidad. Desde su más tierna infancia y hasta sus primeros años de juventud, su vida transcurrió inmersa en un mundo habitado por la oración, las prácticas ascéticas más exigentes, los peregrinajes y la música sagrada. A los veintidós años, habiendo alanzado las más altas cimas del conocimiento espiritual y siendo ya un músico de una calidad excepcional, tomó una decisión sorprendente: abandonar el paraíso espiritual en el que vivía, estudiar las leyes civiles y dedicarse a la magistratura. Pero, ¿qué motivó esta salida al mundo?

La respuesta es bien sencilla: la búsqueda de la Verdad (al-haqq). Precisamente “la Verdad” es la palabra que mejor define la indagación, la trayectoria vital y el legado espiritual de Ostad Elahi. Seguramente no es casualidad que la comunidad de los Ahl-e haqq sea la comunidad de “los fervientes de la Verdad”, ni que haqq signifique tanto “derecho” como  “justicia”, ni que al-Haqq sea uno de los Nombres de Esencia de Al·lâh.  Como bien explica la especialista en literatura mística persa Leili Anvar en Paroles de Vérité : “Ostad Elahi desplegó en su enseñanza la idea central según la cual la luz no deviene palpable si no es en un fondo de tinieblas, el bien no tiene sentido sino frente al mal, y el perfeccionamiento del alma sólo puede tener lugar en el cuerpo y en el mundo. Al alma pura e inocente le es necesario confrontarse con la materia, con la dureza del mundo causal, para que el conocimiento pueda surgir. La Verdad sólo se desvela a este precio.”[2]
 
 
 

Para Ostad Elahi, el rechazo del cuerpo y de la vida en sociedad puede, a lo sumo, purificar el alma, pero no permite perfeccionarla, puesto que dicho rechazo la priva de vivir la experiencia completa de su propia humanidad. Dirá el maestro iraní: “Luchar contra el yo-imperante, no significa  debilitar el cuerpo. Por el contrario, es necesario fortalecerlo, y al mismo tiempo fortalecer el alma de manera que, aun a pesar de su poder, nuestro yo-imperante se someta a ella. (…) Todo aquello que aprendí a lo largo de mis doce años de ascesis antes de entrar en la función pública, no vale lo que aprendí en un solo año de vida activa.” [3] Como explica Leili Anvar, el trabajo con uno mismo no se platea, en Ostad Elahi, como una lucha entre el cuerpo y el alma, sino entre el “yo celeste” y el “yo imperante”. Hay en el maestro iraní un respeto profundo por el cuerpo, no ya como mero instrumento de placer, que también, sino como el santuario del alma, como el corcel que, cuanto más sano y fuerte sea, mejor podrá servir a su caballero. Y es que, como todo cuanto ha sido creado, el cuerpo tiene sus derechos: el derecho a ser alimentado y protegido, el derecho a gozar de buena salud tanto física como psíquica, y el derecho a satisfacer sus deseos legítimos. De modo que, en realidad, dicho respeto comportará una enorme exigencia.

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 Ésta era su rutina de entrenamiento: “Cada mañana realizo ejercicios gimnásticos que hacen trabajar todos y cada uno de los músculos del cuerpo. Para que no sean aburridos, he inventado un dhikr [4] para cada movimiento. Hago también un poco de gimnasia iraní con pequeñas pesas [5]. (…). Ando cada día una hora como mínimo y tres como máximo. El caminar y la gimnasia son los mejores medios para mantenerse sano.” [6]
 
 Si el cultivo y fortalecimiento del cuerpo lleva a algunos a trascender límites en campos como las artes marciales o el deporte, Ostad Elahi los trascendió en el toque del instrumento sagrado kurdo por excelencia, el tanbur. Explica el etnomusicólogo Jean During que la técnica de Ostad Elahi era prodigiosa. Siendo ambidextro, su propia morfología se adaptaba perfectamente al instrumento y sus manos eran fuertes y poderosas.  Quizás por su muy agudo sentido de la justicia y la equidad, Ostad Elahi utilizaba los cinco dedos de cada mano para tocar un instrumento para el que en el pasado sólo se usaban dos dedos de la mano izquierda y dos de la derecha. Todos los movimientos se volvían posibles, y ello redundaba a tal punto en la sonoridad que extraía de su tanbur, que parecía que fueran varios los instrumentos que sonaban a la vez. During reivindica la dimensión trascendente de la técnica de Ostad Elahi al decir: “No pienso que la mano sea sólo un dócil obrero al servicio de formas sublimes: ocurre algo distinto, mucho más potente, parecido a lo que los practicantes de las artes marciales han descrito: el hecho de que llega un momento en el que se accede a una dimensión que parece trascender las leyes de la causalidad, las leyes de la física.”
Lo que es obvio es que, del mismo modo que el pahlivân (practicante del antiguo arte marcial persa) no se esculpe a sí mismo por mero culto al cuerpo, Ostad Elahi no cultivó el arte por el arte. En ambos casos el cuerpo y la música se consideran lugares sagrados, destinados a la oración y a la meditación.  Dicen los que tuvieron el privilegio de ver tocar y escuchar  a Ostad Elahi, que su gesto y su música se hacían uno. Y entonces se producía el milagro: una música directamente emanada de la Fuente primordial invadía la estancia en la que el músico se hallaba. “En la atmósfera de claro-oscuro, su rostro estaba impregnado de un esplendor extraordinario; parecía un capitán de navío que sujeta el timón de un barco atrapado en una tempestad y busca devolverlo a buen puerto. Al final,  la música cesó… Por unos instantes, nadie pudo pronunciar palabra alguna (…). La atmósfera de la estancia era luminosa y bañada en espiritualidad. Reinaba un ambiente excepcional e indescriptible… Podía percibirse cómo un suave perfume envolvía la reunión”. [7]
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[1] Ahl-e haqq: comunidad religiosa kurda que en sus tradiciones y doctrinas manifiestan una síntesis de la gnosis del antiguo Irán y del esoterismo chií.
 
[2] Ostad ELAHI, Paroles de Vérité, Albin Michel, Paris, 2014, p. 14.
[3] Ibídem, p. 213.
 
[4] Dhikr:: recuerdo y remembranza de Dios; práctica sufí por excelencia que tanto puede ser realizada colectiva como individualmente, en voz alta (jahrî) o de manera silenciosa (khafî). Según definición recogida en Sufismo de Halil BÁRCENA, Fragmenta Editorial, Barcelona, 2012, p. 162.

[5] A este respecto les recomiendo vivamente visitar dos blogs bien singulares: http://pahlivan786.blogspot.com.es/ en relación al simbolismo del deporte, y http://circulo-oriente.blogspot.com.es/ en relación a los principios y valores tradicionales, tanto éticos como espirituales, de la Futuwwah o antigua caballería islámica.
 
[6] Ostad ELAHI, Paroles de Vérité, Albin Michel, Paris, 2014, p. 185-186.
 
[7] Jean DURING, L’âme des sons, Le Relié, Gordes, 2001, p.144.