Presentació

Baraka és una paraula d’origen àrab que significa alè vital, pura energia de vida, gràcia divina. Es diu que hi ha llocs amb una baraka especial. Entre ells, la música. La música és la bellesa l’allò més primordial que nia en nosaltres. En el batec del cor hi ha el ritme. En la respiració, la melodia. I en la relació amb tot allò que ens envolta, l’harmonia.

La música, com el perfum, és presència intangible. Entrar en ella és entrar en un espai preciós en què allò que és subtil pren cos, i on allò que és tangible esdevé subtil. Segons Mowlânâ Rûmî, la música, com el perfum, ens fa comprendre que vivim exiliats en aquest món, i alhora ens recorda allò que sabem i no obstant hem oblidat: el camí de retorn vers el nostre origen, vers casa nostra.

Habitar aquest espai preciós no pot fer-se només des de la raó. Aquest coneixement delicat i potent ha de ser degustat, encarnat, i per això Mowlânâ va ballar i va ballar, i va girar i girar i girar. D’aquest espai preciós de presència intangible és del què ens parlen els autors reunits en aquest blog. En un món com el que ens ha tocat viure, en què tantes velles estructures inservibles s’enfonsen, és responsabilitat de cadascú de nosaltres agafar-nos fort a aquells qui ens han indicat el camí, intentar comprendre´n els indicis, descobrir-ne les petjades ... i començar a girar.

Sigueu més que benvinguts a Baraka,

Lili Castella

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dissabte, 29 de setembre del 2012

Monet, una mirada desbordada

 




Claude Monet, una mirada desbordada

 
Leili Castella
 
 
 


 

Contemplar en vivo la obra del pintor francés Claude Monet (1840-1926) en los parisinos Musée de l’Orangerie y Musée Marmottan Monet, es asistir al proceso por el que la mirada de este pintor singular fue abriéndose y abriéndose y abriéndose, hasta desbordarse. Buena cuenta de ello lo dan el tamaño y los formatos de sus obras: se agrandan progresivamente hasta tomar la forma de grandes cuadrados. Pero aún así, estas grandes telas cuadradas no parecían suficientes para plasmar lo que la mirada de Monet percibía, por los que sus obras se volvieron… ¡circulares!

En ambos museos, está omnipresente su inmensa serie de las Nymphéas. En efecto, pocas veces se encuentra un artista que consagre más de veinte años de su vida a la representación de una misma especie vegetal. Explicaba Halil Bárcena en un reciente artículo sobre las distintas prácticas del sufismo mevleví, y en concreto sobre la meditación [1], cómo la reflexión honda y continuada, desencadena un conocimiento profundo, que revierte en un estado interior que se exterioriza a su vez en una acción justa, bella y verdadera. Salvando evidentemente las distancias, algo (o mucho) de ello hay en las  Nymphéas de Monet.

 

Es curioso que Monet jamás quisiera denominar “nenúfares” a las plantas acuáticas que tantas veces pintó. “Nenúfar” tenía, en el lenguaje poético del XIX, una connotación maléfica y fúnebre de la que el artista quiso alejarse a toda costa, y por ello utilizó la palabra correspondiente a la ciencia de la botánica, la cual sugería además todo el simbolismo de las ninfas, consideradas espíritus divinos que animan la naturaleza. En concreto, las ninfas acuáticas son entendidas en la mitología griega como personificaciones de las actividades creativas y alentadoras de la naturaleza, la mayoría de las veces identificadas con el flujo dador de vida de los manantiales.

Pues bien, como decíamos, Monet pintó una y mil veces las ninfeas. Un único tema dicho de infinitas maneras. Ninfeas al amanecer, de día o al anochecer. Ninfeas en primavera, verano, otoño o invierno. Pero si uno se fija bien, quizás resulta que el tema que verdaderamente ocupa a Monet no sea la planta  en sí, sino el agua, este elemento líquido aparentemente dócil, penetrable y sugerente, que es a la vez transparente, iridiscente y espejo. Y quizá tampoco sea el agua el tema fundamental, sino la que es la esencia de la obsesión de Monet: la luz, la vibración sonora más sutil que existe. El agua es la superficie casi invisible y espiritual que separa la luz de su reflejo y por ello, es su suporte perfecto. A través del agua  Monet pintó indirectamente lo que no se ve: la luz. La luz es el secreto: siempre presente, inmutable, y a la vez diciéndose en infinidad de matices.
 
 
 
Porque la cuestión es la luz y no los objetos, éstos aparecen desdibujados: los cuatro elementos, (agua, aire, tierra y fuego) aparecen fusionados, siendo difícil distinguir a veces si tal zona de la tela representa la superficie del agua, el fondo del estanque visto en transparencia, la hierba de la orilla, una rama o una nube. Y no por ello Monet deja de ser fiel a su credo realista: no hace trampa con lo que ve, ¡es que ve más allá del objeto! Ve más allá de la superficie, y percibe lo que da unidad a todos los objetos: el elemento luminoso. Que la luz, y no los objetos, sea lo esencial, implica que no hay jerarquía entre los objetos. Es por ello que Monet se atreve a rechazar la idea de perspectiva basada en el sistema de Alberti que había dominado la pintura occidental hasta el XIX, y suprime la profundidad. Salvando las distancias, a la manera de las miniaturas persas, todos los objetos quedan en un mismo plano, consiguiendo así Monet que la mirada del espectador se amplíe y no se detenga. El pintor desaparece, ya no es él el punto de referencia que establece una jerarquía entre los distintos elementos del cuadro.
 
 
 
 

Por ello entrar en las salas circulares del Musée de l’Orangerie conmueve hasta lo más profundo. La elección del formato circular hace que la totalidad del campo visual del espectador esté inmerso en las aguas en que flotan bulbos, ninfeas, y flores. La mirada queda desfocalizada, debido a la ausencia de referencias y de contornos, y se produce así una fusión entre el pintor, su obra y el espectador.

Monet no se escondió a la hora de profesar el mayor escepticismo religioso, por no decir ateísmo, y había dejado bien atrás su educación católica. Y sin embargo, su obra desprende un fuerte sentimiento de lo sagrado de la naturaleza. Las Nymphéas no son cuadros de museo: son aperturas hacia la contemplación y hacia la dimensión divina de la existencia, invitan al silencio. De hecho son una postal sonora de silencio. Sumergida en estas telas extraordinarias, quien estas líneas les escribe no pudo dejar de pensar que, si bien es poco probable que Monet la hubiera leído, la siguiente aleya del Corán quizá no le hubiera sido ajena: “A Al·lâh pertenecen Oriente y Occidente. Allá donde quiera que te gires verás Su rostro.” (Corán 2,115).

[1] Halil Bárcena Tafakkur o meditación/reflexión. Entrada del 26/9/2012 en http://instituto-sufi.blogspot.com.es/
 
 
Si les apetece realizar una visita virtual a la segunda sala circular del Musée de l’Orangerie, cliquen aquí: http://www.musee-orangerie.fr/homes/home_u1l2.htm, En la columna izquierda clicar Nynphéas, luego visite virtuelle, y luego salle 2.  Pongan la imagen a pantalla entera y dejen el cursor apretado encima de la tela…